Hace algunos días que no escribo en mi blog. De las noticias que leí en las últimas semanas, hubo una que no me sorprendió pero me llenó de preocupación.
Desde hace tiempo, vengo pensando que se habla mucho de la inclusión social pero se toman pocas medidas para que ésta se efectivice en las escuelas. Siempre pensé - y sigo pensando- que los sectores más vulnerables de la sociedad merecen una mirada específica cuando se intenta algún cambio o mejora.
Hace unos días, el diario
Crítica Digital publicó una detallada crónica que deja al descubierto la ausencia de docentes en las zonas más pobres de la Capital. Intuyo que algo así también debe ocurrir en la Provincia de Buenos Aires. Y este dato es alarmante, porque la escuela sigue siendo el único espacio que intenta igualar a los que tienen acceso a bienes simbólicos con aquellos no lo tienen. Sin aprendizaje, sin escuela, con horas vacías, niños y niñas quedan aún en mayores desventajas de las que soportan a diario.
Hay varias puntas para reflexionar. Sostengo, como lo hacen también muchos especialistas, que a los lugares con alumnos de zonas más pobres, más marginales, debieran llegar los mejores maestros, con la mayor experiencia en casos de problemas de aprendizaje, los más capacitados y los mejor pagos para poder disponer de tiempo y recursos para construir recorridos de aprendizajes y enseñanza eficaces destinados a quienes tienen poco acceso al mundo del conocimiento.
Paralelamente, se impone la mejora de las condiciones de vida de las zonas más desprotegidas. Si no avanzamos en este sentido, estaremos retrocediendo como sociedad a paso agigantado.
Norma