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miércoles, 14 de mayo de 2008

El difícil arte de incentivar la lectura


En estos días en que la Feria del Libro estuvo vigente, se han renovado las reflexiones acerca de qué pasa con los jóvenes y adultos en lo que a lectura se refiere. Surge, entonces, la pregunta acerca de cómo se constituye y se forma un lector.
Descreo fervientemente de las fórmulas, no hay recetas que aseguren un buen resultado. Puede haber, eso sí, algunos caminos que propicien el encuentro entre la gente y los libros y posterior deseo de seguir leyendo. Veamos:
• Leer implica generar un tiempo de diálogo interno entre la persona que lee y el material que tiene frente a sus ojos. Ese tiempo y ese espacio resultan una necesidad para el lector. Así como el deportista encuentra horarios para ir a un club o ejercitar su cuerpo, el lector se hace de un segmento temporal para abrir el libro y hacer su recorrido.
• El lector se entusiasma con la lectura cuando comprende que ese libro tiene algo que ver con él: lo hace reír, le cuenta una historia con la que se identifica, le abre una zona de pensamiento nunca antes revelada, le contesta una duda, le plantea otros interrogantes, lo deja pensando. Por eso, el encuentro entre libro y lector es un punto tan delicado. Si el texto llega en un momento inadecuado esa conexión tal vez no sea posible.
• Como ocurre con todas las situaciones vitales, el resorte que las mueve es el deseo. Ése es, tal vez, el secreto más difícil de entender porque desear es una actividad incontrolable, anárquica, que no puede ser encorsetada con la obligación o el deber ser. Se trata, entonces, de ayudar a despertar ese deseo. Es allí donde adultos y maestros pueden oficiar de buenos mediadores entre los libros y los lectores de cualquier edad, sabiendo que no siempre la recomendación será la que ese lector en particular necesita en ese momento.
• Vinculado con el deseo, está el placer. En el despertar de muchos placeres puede haber un iniciador, alguien que sugiera, aconseje, ofrezca, muestre, permita el contacto, convenza y, fundamentalmente, acerque poco a poco al iniciado tímido o reacio a la actividad de goce. Otras veces, el placer se descubre por la mera exploración y búsqueda solitaria. Un maestro, un bibliotecario, un miembro de la familia pueden convertirse en maravillosos iniciadores del placer de leer. Pero ¡atención! Nadie puede iniciar a otro en un camino que desconoce. Si los maestros no son lectores, si la propia familia no valoriza la lectura y la descalifica o ignora entramos en el peor de los terrenos con el riesgo de perder definitivamente a nuestro potencial lector.
Norma