
Hace años, los estudiosos de la comunicación trazaban el cirucito comunicativo teniendo en cuenta tres elementos: el emisor, el receptor y el mensaje. Este esquema,útil en un primer momento, ha ido sufriendo a lo largo del tiempo, sucesivas reformulaciones. Hoy, se habla de situación comunicativa, condiciones en que esa comunicación se produce, contexto en que intervienen quien enuncia y quien recepciona, intencionalidad del mensaje. Estos componentes resignifican la información, le otorgan sentidos diversos que habrá que tener en cuenta.
Por otra parte, las nuevas tecnologías han introducido un cambio sustancial en la circulación de los mensajes. El borde entre lo público y lo privado se desdibuja permanentemente.
Como docente, siempre he tenido claro que ocupo un lugar diferente y diferenciado respecto de los alumnos. Esto, por supuesto, no impide establecer lazos de afecto y cercanía que son indispensables en cualquier situación de aprendizaje. Imaginemos, entonces, que en una fiesta de fin de curso, en un clima festivo y distendido, los alumnos me sacan a bailar, me filman y cuelgan el video en una página pública ¿Puede afirmarse categóricamente que, como profesora, no tengo claros los límites necesarios que existen entre mi rol como docente y mis alumnos? ¿Cómo debe leerse ese hecho cuando aparece en imágenes recortado del contexto que lo produjo? ¿Qué sentido puede llegar a construir quien mira ese video en un sitio virtual?
Algo de esto sucede con el caso de la directora del Colegio Mariano Acosta. Me parecen presurosos y desmedidos los criterios utilizados para juzgar una situación que, por lo menos, amerita conocer en qué contexto y con qué intencionalidad ocurrió. Pese a todo, el episodio ha levantado una polvareda difícil de controlar, aun con manguera.
Los siguientes enlaces conducen a diversas notas sobre el tema, publicadas en los diarios:
http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=15953
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1082663&high=Mariano%20Acosta
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-117105-2008-12-20.html